Artículo del Washington Post (traducido)

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CÓRDOBA, España – Fue el comienzo del verano español, y para un chico con ambiciones de ser el primero en su familia en ir a la universidad, aquí estaba la recompensa conseguida aprobando la química y superando las brutales pruebas de inglés de la señora Prieto: El primer día del resto de su vida. Día de la graduación.

Pero Alejandro Gea Vida casi no se molestó en venir.

“¿El futuro?”, Dijo el joven de 19 años de edad, doblando la esquina del Instituto Ángel de Saavedra. En un barrio que parecía como si hubiera quedado sin aire de repente, el estudio de fotografía de Antonio acababa de cerrar, e incluso La repera, el equivalente a un almacén del dólar, tenía un cartel de “Se alquila” en la ventana. “No estoy seguro de saber lo que estamos celebrando”, dijo Alejandro.

Al llegar al bloque de cemento de su Instituto, salió disparado por las escaleras y se abrazó a un grupo de amigos. “¿Estás bien?”, Dijo, dándole una palmada en la espalda a Álvaro Perea, un larguirucho graduado del año pasado. Perea, que a día de hoy debería estar trabajando como técnico de rayos X, se encogió de hombros. Estaba buscando trabajo en bares – sin encontrarlo – después de los recortes en los hospitales públicos lo dejaron en lista de espera para unas prácticas. Sin garantías hasta el año 2018. “Mi hermano fue despedido de la compañía eléctrica. A mi padre le acaban de reducir el sueldo “, dijo más tarde Perea. “Las cosas no van demasiado bien en Córdoba en estos momentos.”

Más allá de la pared invisible de su pandilla, Alejandro estaba siendo observado. Frente al auditorio de la escuela, los alumnos de la clase de 2013 estaban haciéndolo lo mejor que pudieron en el “desierto para adolescentes” que es Andalucía Central, donde la construcción se congeló hace cuatro años. Las chicas se reían, todas con sus vestidos de fiesta del mercaíllo. Los chicos jugaban a darse golpecitos, vistiendo su único traje bueno. Pero ahí estaba Alejandro, a 30 minutos de subir al escenario para recoger su diploma, con una ancha camiseta negra y sus vaqueros. No era tanto un acto de rebeldía como una autoimposición de la realidad. “La clase obrera”, pensó, cuando se decidió a dejar su traje en casa. “Eso es lo que soy, eso es lo que voy a ser.”

En una Europa afectada por la crisis, los sueños de un recién graduado son más pequeños en estos días. Hace tiempo, la graduación habría sido símbolo de ascenso social desde el mundo obrero, un salto hacia un título o un grado. En su lugar, se habían convertido en unos estudios que te anclan en la incertidumbre en un continente que afronta un desempleo récord. En una familia en la que ninguno de sus miembros trabajaba a tiempo completo, Alejandro, sus padres y su hermano mayor casi podían sentirse resbalar un poco más cada día. Su historia es una mirada a la nueva normalidad de vidas rotas por una tormenta económica.

“Y seguía lloviendo”. Rechazaron la solicitud de beca de Alejandro. Sus padres, Francisco y Josefa, luchando por mantener la casa de la familia, sin poder pagar la hipoteca. Su hermano, un enamorado del Che Guevara y de Jesucristo, había abandonado la escuela pronto para ayudar en la casa. Aún sin trabajo y mendigando un trabajo en una ciudad con casi el 60% de desempleo juvenil, quería algo más para su hermano.

Y Alejandro quería más para sí mismo. Ya estaba pesando un Plan B: una escuela técnica gratuita y un trabajo en el McDonalds.

Cuando Alejandro subía las escaleras, un compañero le dio una palmada en la espalda. “¿vas a ir a la cena?” – Una fiesta para los que se graduaban este año – preguntó el muchacho antes de desaparecer en una nube de aftershave. Alejandro dijo nada, sólo siguió caminando hacia la ancha puerta del salón de actos. Entonces: “Va a costar 36 €” “Así que, no, no creo que vaya.”

Así es la vida en los efectos secundarios de la crisis de deuda en Europa, donde el principal problema que azota el continente se ha desplazado de los zigzagueantes mercados de bonos y el pánico de los inversores a las vidas rotas en las largas filas de los desempleados. En España, un rincón de Europa que una vez estuvo en auge, el desempleo se ha disparado desde el 8,6 por ciento en 2007 al 26,3 por ciento en la actualidad. La recuperación aquí no se mide en años, sino en generaciones.

Visto desde el otro lado del Atlántico, ésta es una crisis que paraliza un sitio de recreo de los turistas americanos y que enciende la preocupación de inestabilidad social en una parte del mundo que ha apoyado a las tropas de EE.UU. Pero a  nivel más micro, es una fuente de desesperanza para familias como la familia Gea Vida que, como el resto de España, una vez creyeron en el sueño europeo.

España, vista como un símbolo del futuro en la era del euro, estaba reconquistando la gloria perdida hace tan sólo una década, a través de un ejército de banqueros y promotores inmobiliarios que navegaban en un mar de dinero fácil. En medio de un crecimiento alimentado por la deuda, cualquier cosa parecía posible. Los abuelos de Alejandro crecieron cogiendo aceitunas en las cenizas de la guerra civil española. Pero su madre, en el lapso de una década mágica, había pasado de un cubo de basura a la Calle Principal, dejando atrás el trabajo como empleada doméstica para tener su propio negocio.

Sin duda, la familia pensó que a sus hijos les esperaba un futuro más brillante que el sol andaluz. Pero en una crisis tan profunda, se está asentando la realidad de un triste y largo recorrido.

Josefa Vida Bermúdez

En el camino hasta el banco para cerrar la última de sus cuentas del negocio, Josefa Vida Bermúdez, de 47 años, se movía rápidamente a través de las calles de Valdeolleros, un barrio a años luz culturales de los bares de tapas y la gran Mezquita-Catedral de Córdoba. Rodeó la antigua muralla que en la época de los conquistadores islámicos de España del siglo 10 albergaba la ciudad más poblada de Europa occidental. “Conozco este camino de memoria”, dijo. “Solía hacerlo todos los días.” Lo sabe tan bien porque la tienda de ropa (en quiebra) que vendió el año pasado se encuentra una puerta más abajo del banco.

“TRESOL, llamamos a nuestra tienda,” dijo, pasando un bloque de apartamentos sin terminar donde la construcción se paró hace dos años después de que los constructores se quedaron sin dinero en efectivo. Princelandia, donde las niñas escapan a un mundo de cuento de hadas, se la quedó en medio de muebles y tiendas de ropa. “¿Lo entiendes? Tres Soles. La llamé así por las tres estrellas de mi vida – mi marido, mis dos hijos”.

Durante dos años, TRESOL brilla en la vida de la familia, convirtiéndose en una fuente de orgullo para una mujer que nació en un pequeño pueblo y empezó limpiando casas en Córdoba después de la secundaria. Para Josefa y su marido – que se casaron en un caluroso día de agosto de 1989, después de años de noviazgo en los olivares que había en el barrio – la oportunidad apareció justo antes de la caída económica de España. Era 2009, tras una década en la que, para bien o para mal, la construcción había transformado Valdeolleros, y cuando una crisis de la vivienda al estilo estadounidense sólo estaba empezando a despuntar. Siguiendo el consejo de un antiguo jefe, la pareja hipotecó su casa de dos habitaciones por 90.000 euros para abrir la tienda.

Pero a los pocos meses, el fuego de la crisis de deuda en Europa que comenzó en Grecia se extendía por todo el continente, hacía estragos en Irlanda, Portugal, Italia y España. El crédito se acabó. Las profundas medidas de austeridad del gobierno en curso alcanzó a un programa municipal para mujeres empresarias, cortando la última tabla de salvación financiera para la empresa de Josefa. Atrapados en contratos con fabricantes de ropa española, veía los problemas económicos de las mujeres de Córdoba que se decantaban más hacia los monederos baratos procedentes de China y los vestidos de Bangladesh.

Al llegar al escaparate de su antigua tienda, Josefa estalló. Estaba a unos pasos del banco al que aún debe 75.000 €. La familia tiene un préstamo de una tía anciana para cubrir los 625 € de la hipoteca mensual, una situación que saben que no puede continuar. En un país roto donde se ha reducido gradualmente la red de seguridad social, los 453 € al mes de ayuda se les acaba en diciembre. Después que la familia dejó de pagar las tarjetas de crédito, los acreedores iniciaron acciones legales. Y un día antes, la pareja y sus hijos se montaron en su Ford Orion de 1998 para llevar a Luna, su perra de raza labrador de 11 años con una enfermedad terminal de la médula, al veterinario para sacrificarla. El acto de generosidad cuesta 50 €.

Y la cosa sigue.

En lágrimas, Josefa tocó el escaparate de la tienda. “Este iba a ser nuestro futuro”, dijo. “Un futuro para nuestros niños”. Momentos después, en el banco, le temblaban las manos mientras discutía con el cajero. Después de cerrar su cuenta, le dijo que había un problema con la cuenta corriente de la familia.

“¿Qué quieres decir con números rojos”, preguntó.

“Mire aquí”, explica con calma el hombre, mostrándole una línea donde la compañía eléctrica había cobrado un día antes de que llegara la ayuda de desempleo. El cargo extra: 30 €. Unos días antes, ella había encontrado un trabajo temporal cuidando a una anciana por 55 € a la semana, pero la comisión bancaria era un buen bocado para empeorar la economía de la familia.

Josefa miró al cielo y juntó sus manos como si estuviera rezando, exhalando por la frustración.

“Dios”, dijo. “Esto no para.”

Después de una discusión de 20 minutos en la oficina del gerente, el banco acordó deducir el costo. Pero Josefa parecía agotada. “Es como si no hiciéramos otra cosa que pelear”, dijo. “Esto duele, y te agota.”

Francisco Gea Ramos

“No puedes dejar que eso te desanime,” Francisco Gea Ramos le dijo a su esposa casi una hora más tarde, cuando la pareja se dirigía a una entrevista. Su primera vacante de empleo en un mes. “Sigue luchando. Nunca te rindas”.

Francisco, ancla emocional de la familia, se curtió en animación social durante años de participación en la política de izquierda. Fue administrador de un mayorista que cerró en 2011 y perdió su último trabajo a tiempo completo, como pintor de casas en marzo de 2012. Hasta hace poco, tenía trabajo a tiempo parcial tirando de turnos nocturnos de 12 horas de guardia de seguridad. Desde que la compañía se declaró en bancarrota hace unos meses, Francisco, de 49 años, que sufre un trastorno nervioso que ha dejado el brazo derecho paralizado parcialmente, se ha ido agarrando a trabajos sin contrato cuando ha podido.

“No es fácil cuando lo primero que ven es esto”, dijo Francisco, señalando con la cabeza hacia su mano mala, perpetuamente enroscada como una araña muerta.

La mayoría de los días, alterna la búsqueda de empleo con la militancia ciudadana, una actividad liberadora que parece haber reemplazado al fútbol como el deporte nacional de España. Los partidos políticos tradicionales, aquí y en toda la Europa afectada por la crisis se están viendo profundamente cuestionados por las fuerzas extremas de la derecha y la izquierda política. Pero también por grupos como la Plataforma contra los desahucios.

Dos días antes, megáfono en mano, Francisco ayudó a 2.000 manifestantes en la plaza principal de Córdoba. Él y Josefa se han unido a “escraches” de la organización – protestas frente a las casas de políticos -, así como las ocupaciones de propiedades locales con el objetivo de frustrar a los cobradores del frac que incautan 1.200 viviendas en toda España cada mes. La participación ayudó a Josefa a vencer a un ataque de depresión, que la tuvo con medicación durante un año. Pero la verdadera motivación de la pareja para colaborar en las protestas es simple. “Un día”, dijo, “podemos ser nosotros.”

Como si estuviera recitando un mantra, sigue diciendo a su familia, “Nunca rendirse.” Porque él sabe lo que pasa cuando lo haces. En una tarde del caluroso julio del año pasado, un amigo de su grupo de stop desahucios, Francisco Lema, se dirigió a la parte trasera de su piso en la cuarta planta, sosteniendo una notificación del ayuntamiento de Córdoba. El banco había ejecutado la hipoteca de su casa meses antes, un acto que en España aún deja los propietarios de viviendas con el agua al cuello por las deudas. Además de eso, la oficina de impuestos de Córdoba acababa de enviar el albañil desempleado una carta exigiendo impuestos atrasados ​​en su hogar perdido. A punto de ser desalojados de nuevo por el retraso con el alquiler, Lema salió a su balcón, con la carta en la mano, y saltó.

Pero Francisco Gea Ramos tenía una buena sensación mientras él y Josefa subían en el ascensor a las oficinas de Pablo Salas Sánchez, consultor empresarial, cazatalentos y amigo de su grupo de la parroquia. La pareja había dejado de repartir copias a color de sus Currículum para cada oferta de trabajo, cuando se dieron cuenta de su inutilidad y de que cada uno les costaba 2,5 € imprimirlo.

“Cada trabajo tiene 100 candidatos, y sólo puedes conseguir trabajar en función de que te conozcan”, dijo Francisco con un guiño. “Y estas personas nos conocen.”

Momentos más tarde, en la oficina de Sánchez, Francisco aclaró la garganta después de intercambiar cortesías. “El otro día, me comentaste la posibilidad de un trabajo con un mayorista. Pensé que traería mi currículum. También trajimos de mi esposa y mis hijos “.

“Sí, bueno, sobre aquel trabajo”, dijo Sánchez ¬. “Parece que no están contratando más.”

Josefa cerró los ojos y se inclinó. “Haremos cualquier cosa que surja, de la que te enteres. Yo puedo cocinar. Puedo limpiar. Lo hice durante años. Cualquier cosa, de verdad. “

Y la cosa no para.

Francisco José Gea Vida

Francisco José, un joven de 21 años con voz agradable, abrió la puerta del cuarto piso del piso de la familia de dos dormitorios en la calle de Los Olivos. La luz estaba apagada para ahorrar en la factura energética. En la pared, un retrato de la Virgen de los Dolores compitiendo por el espacio con un certificado de una visita al Papa en el Vaticano – el primer y único viaje de la familia fuera de España. Eso fue en 2006.

“Fueron mejores años”, dijo.

Él encendió un mini ordenador que su madre consiguió de forma gratuita después de hacer un curso de gestión de empresas. Cuando no es el fútbol como entrenador voluntario en su grupo de jóvenes católicos o conversando con posibles contratadores para puestos de trabajo, pasa el tiempo aquí, buscando trabajo por Internet.

Para Francisco José, la escuela nunca fue fácil. Repitió un curso en primaria, al igual que su hermano. Pero ambos se abrocharon el pantalón y para finales de 2009, sus calificaciones se reencaminaron hacia la universidad.

Pero a diferencia de su hermano, Francisco José vio que sus notas comienzan a bajar de nuevo al ver que su madre, a falta de su negocio, se hunde en la depresión y su padre lucha para encontrar trabajo. En el verano de 2011, él dejó la escuela para contribuir en casa lo mejor que pudo.

En una ciudad con legiones de desempleados, lo único que pudo encontrar fue un trabajo recogiendo aceite de cocina usado puerta por puerta. Ese pequeño chapuz le daba un sueldo de 300 € al mes que se evaporaron el año pasado. Francisco José ha estado pensando en presentarse a un examen de ingreso para la escuela forestal, pero no está seguro de cómo iba a mantenerse a sí mismo si lo consigue. De todos modos, su primera prioridad está aquí. Ayudando a sus padres. Tratando de encontrar trabajo.

Pero esto es una pared de ladrillo detrás de otra, dijo. Cuando pidió trabajo en McDonalds, su solicitud fue a un cajón con otros cientos. Ojeando las webs de trabajo, vio que los anuncios más recientes tenían tres semanas. Un trabajo bastante nuevo – en una tienda – exige tres años de experiencia. “Mi padre tiene experiencia, pero dicen que es demasiado viejo”, dijo Francisco José. “Soy joven, pero no tengo ninguna experiencia. Y nadie que me diera una oportunidad. “

Pero él está animando a su hermano a que vuelva a solicitar la beca de la Universidad de Granada, la más cercana para estudiar psicología. Con un poco de suerte, dijo Francisco José, Alejandro lo conseguirá esta vez.

Es como su padre dice, aun cuando la cosa mal. Mantente optimista. No te rindas.

“Tal vez sólo perderá un semestre”, dijo Francisco José. “Eso es lo que espero.”

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4 Respuestas a “Artículo del Washington Post (traducido)

  1. Pingback: La estafa de la crisis española en la portada del Washington Post | barrio con v·

  2. MUCHAS GRACIAS, POR ESA TRADUCCIÓN,,,,,,,CREO QUE HASTA AHORA NINGÚN MEDIO DE PRENSA SE HABÍA ACERCADO ,

  3. Gracias amigos gente como vosotros son los que hacéis éste mundo más solidarios .Espero que con mi granito de arena pueda contribuir a cambiar ésta sociedad .En éstos momentos .Mi compaňera y yo estamos luchando contra el cáncer ella lleva tres aňos yo uno .Aún así hemos participado en los paros del hospital a afortunadamente estamos casi curados .Pro si la Salud nos lo permite .Moriremos de pié nunca de rodillas espero que ésto les sirva a algunas personas que se hunden moralmente .No tenemos nada que perder sólo un mundo que ganar .Adelante compaňeros siempre la cabeza alta.Salud .GLORIA TONY DOS LUCHADORES POR EL FUTURO DE TODAS LAS GENERACIÓNES SIGUIENTES.

  4. Muchas gracias por la traducción, lo he conseguido en parte pero como ésta ninguna, gracias de corazón.

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